Estas aquí
Inicio > Nuevos Líderes > Carta de un recién Egresado

Carta de un recién Egresado

Recién abandoné las aulas de licenciatura, aquellas que pisé por primera vez hace casi cinco años.

Algunos conceptos están más frescos que otros, especialmente esos que adoptamos como nuestros predilectos. Habrá unos que hayan hecho suyo el civil para pasar sus días en los Juzgados, otros el laboral debiendo mostrar su destreza en la Junta de Conciliación y Arbitraje, algunos optaron por la rama penal, sin embargo, las posibilidades son infinitas y considerando que cada cabeza es un mundo, cada quien, desde temprano momento en la carrera adoptó un camino a seguir, o en algunos casos la vida profesional los arrinconará en algún tronco determinado.

Ahora que concluyo, pareciera que me abundan más dudas que esas con las que inicié. Cuando comenzábamos todos veíamos en el derecho una dulce posibilidad de aportar nuestra cuota de justicia al mundo. ¡Ah pero que fácil parecía aquello al principio!

¿Acaso será que las nuevas generaciones hemos abandonado esta emoción, romanticismo y compromiso de velar por la justicia?

No lo creo, sin embargo, sí el vorágine del que ha sido objeto nuestra carrera puede que haya cambiado nuestra concepción del derecho, ya que al escuchar este vocablo ya no retumba inmediatamente en nosotros el eco de justicia, sino que pensamos cada cuestión desde un punto de vista técnico, como un reto.

Como flamantes abogados y nuevos egresados de nuestras respectivas facultades es imperativo que fomentemos el correcto ejercicio de la profesión; no solo como peritos en las normas, sino que siempre acompañando nuestro desempeño de ética y ese característico sentido justiciero que identifica a los estudiantes de primer semestre.

Es nuestra responsabilidad emular a quienes nos precedieron en la abogacía, solo en cuanto las buenas prácticas y enseñanzas, como lo eran el trabajo arduo, compromiso y su talante reflexivo, pero tampoco podemos obviar el hecho que pertenecemos a una temporalidad donde esto no basta y es necesario incentivar el cambio de las instituciones, así como defender los principios que nos inculcaron desde nuestras trincheras en los tribunales.

Según me cuentan los grandes jurisconsultos de la ciudad, la facultad de derecho antes no era lo mismo, si bien guardaba un alto nivel académico, no existía el grado de especialización y tecnicismo que ha distinguido a las modernas academias.

Donde realmente se aprendía y uno se convertía en abogado era en los Tribunales, cargado de alguna agenda del año y una pluma; o en los cafés de la esquina, donde se desvelaban estudiando las jurisprudencias más recientes en los Semanarios del Poder Judicial, aún físicos y con un aroma a libro nuevo (sí, antes no estaban en línea).

Cada despacho era dirigido por un verdadero paladín de la justicia y digno de que la firma cargara con su nombre en el membrete. Los socios principales eran vistos con ojos de respeto, quienes formaban a sus discípulos en un ambiente de orden y responsabilidad, manteniendo con sus cualidades en el litigio la balanza de la justicia en orden.

Los abogados convirtieron de la profesión en un estilo de vida, pues quedaba un margen muy pequeño para la vida privada, siempre cuidando cada término y cronometrando los días como reloj suizo, donde el café se convertía en elixir y cada amparo concedido debía celebrarse como día nacional.

Existía una clara jerarquía, donde estaba el titular del despacho, sus abogados, las secretarias, los pasantes y no podemos dejar de lado a los desvalidos meritorios, que eran una mezcla entre aprendiz y tomadores de notas (actividad que después evolucionó en sacacopias).

No existían antes reuniones institucionales para analizar el crecimiento del despacho, o el estado algún expediente. Estas decisiones o actividades se realizaban al terminar una jornada laboral, en tertulias informales, pero llenas de sinceridad, que se convertían en cátedras constantes e itinerantes de actualización y aprendizaje, donde aportaban esos que verdaderamente amaban la abogacía, haciendo de la profesión una actividad de veinticuatro horas.

Tampoco existían tantas áreas, solían distinguirse únicamente el penalista, el civilista y el administrativista, toda vez se formaban «abogados generales» con la intención que estos fueran conocedores del derecho. En contraste ahora en un mismo lugar convergen técnicos en cada área habida y por haber, por ejemplo están el especialista en marcas mixtas y otro que únicamente atiende las nominativas; está el penalista que solo analiza delitos contra la salud, pero otros que exclusivamente tomas casos cuando se trata de delitos de cuello blanco; no dejemos de lado al que se dice corporativista que redacta los contratos y sin dejar de lado al mercantilista que litiga cuando estos no fueron suficientemente buenos.

Incluso las universidades han contribuido a esta transformación del derecho, pues en antaño uno iba por su título de Abogado y ahora lo convirtieron en una especie de licenciatura ordinaria. Sobre los nuevos pergaminos se lee: «Licenciado en Derecho». Esta modificación puede aparentar no conllevar mucha relevancia, pero nos pone de manifiesto que la intención no es ya formar jurisconsultos que aboguen por las necesidades de las personas y los representen ante la magistratura; en contraste el licenciado en derecho es aquel que se precia de entendido en la ciencia del derecho. Entre ambas cosas existe una diferencia abismal.

Las escuelas han primado la tarea de informar que de formar, deshumanizando en consecuencia la tarea del abogado y convirtiéndola en una estadística.

En la actualidad al salir de las universidades enfrentamos el hecho que nos hacen en serie, motivo suficiente para no dejar de lado la actualización, así como la obligación de seguir el camino que nos apasiona.  Los posgrados, maestrías y doctorados se han convertido en el equivalente de la licenciatura de hace treinta años.

En cuanto al camino a seguir, tenemos de frente un espectro de posibilidades asombroso, que nos permite ser flexibles y tomar caminos muy concretos.

Tan solo nos resta a los recién egresados reconocer que no será un camino fácil, pero que, si hemos escogido esta profesión, lo hacemos como un estilo de vida, donde debemos tener como nuestra gran premisa la búsqueda de la justicia.

Deja un comentario

Top